Aquella noche el soldado no prestaba servicio, ese
día descansaba, sin embargo quería salir, quería trotar y sentir el aire puro en sus pulmones, quería sentir su
corazón palpitar y lo más importante deseaba
ver la ciudad en la tranquilidad de una
noche iluminada por tan solo algunas estrellas. Solo le acompañaban su celular
donde escuchaba música y $40.000 mil
pesos en sus bolsillos, tenía hambre
pero prefería antes de comer hacer el ejercicio.
Fue entonces que lo vió, estaba en medio de la calle, yacía
sentado en el andén rodeado de maleza, a su lado: un semáforo, mientras
los carros de todas las marcas lujosas
pasaban rumbo a uno
de los sectores más ricos de la ciudad, sin percatarse si quiera de esa alma
que sentada en posición de oración
pedía a Dios que le ayudare.
Cualquiera lo hubiera dado por indigente, pero no era así, se trataba de un campesino que había sido desplazado por la
violencia del país y
que ahora se rebuscaba la vida de $12.000 en $12.000 mil pesos para darle techo a su familia y algo de comer en el día a día, pero esa
noche no lo había logrado porque la inflamación en su pie, tal vez de tanto
caminar, le impedía avanzar las
distancias que acostumbraba para
pedir ayuda.
El reloj marcaba las once de la
noche y a esa hora nadie caminaba en las calles salvo aquél soldado que con sudor en su frente quiso detenerse a escuchar la oración de su compatriota, y
fuese el mismo soldado quién decidió
sentarse a su lado para apoyarle y ver como éste humilde personaje se desahogaba contando sus historias y aventuras de cuando era niño, de el por qué había aprendido a fumar,
porque abandonó la parranda
para encontrar a Dios y
porque día a día se la rebuscaba por su
familia.
Le contó al soldado su humilde sueño, un sueño que consistía en reunir dinero para devolverse al campo a trabajar la tierra porque en la ciudad nadie le daba empleo, un sueño que llevaba dos años gestándose y que ya tenía más de la mitad de los ahorros pero que aún le faltaba para el trasteo, ya que su señora no abandonaría ni dejaría en la ciudad ese chifonier que con tanto sacrificio habían conseguido, esas pesadas tablas que constituían su único bien después del desplazamiento por la violencia, ese único bien que les daba calidad de vida y por el cual los gastos para devolverse al pueblo le valían tanto.
Le contó al soldado su humilde sueño, un sueño que consistía en reunir dinero para devolverse al campo a trabajar la tierra porque en la ciudad nadie le daba empleo, un sueño que llevaba dos años gestándose y que ya tenía más de la mitad de los ahorros pero que aún le faltaba para el trasteo, ya que su señora no abandonaría ni dejaría en la ciudad ese chifonier que con tanto sacrificio habían conseguido, esas pesadas tablas que constituían su único bien después del desplazamiento por la violencia, ese único bien que les daba calidad de vida y por el cual los gastos para devolverse al pueblo le valían tanto.
Luego de un buen rato el soldado le dio la mano y así mismo los únicos $40.000 mil pesos que le
acompañaban, esto a cambio de que esa
noche dejara de trabajar y que al estar con su familia descansando le pidiera a Dios por los
soldados de Colombia.
El soldado y Elkin Arnulfo -el campesino- se despidieron con un fuerte apretón de
manos, Elkin feliz porque sus ruegos habían sido escuchados se dirigió a su hogar y el soldado con fe en la causa siguió su trote.
A la noche siguiente el soldado
de nuevo salió a trotar, pero esta vez con la esperanza de encontrarse a Elkin, tuvo que dar algunas vueltas de
más antes de verlo caminar a lo lejos, cojeando aún y rumbo a aquél
semáforo en el que se habían conocido y
en el cual esperaba completar sus doce mil diarios.
Con un efusivo saludo esta vez acompañó a Elkin en su caminata mientras este le seguía contando sus historias de la niñez y sus sueños de trabajar la tierra como siempre lo había hecho. Cuál sería su sorpresa pues esta vez había un regalo para él, un regalo que le sería entregado en nombre de todos los soldados de Colombia, el total del dinero que le hacía falta para completar su viaje le fue dado en sus manos mientras una pequeña lágrima amenazaba con brotar de sus ojos, la alegría, la sonrisa y el agradecimiento sincero de Elkin bastaba para saber que aún en el descanso nuestros hombres dan todo de sí por sus compatriotas.
Con un efusivo saludo esta vez acompañó a Elkin en su caminata mientras este le seguía contando sus historias de la niñez y sus sueños de trabajar la tierra como siempre lo había hecho. Cuál sería su sorpresa pues esta vez había un regalo para él, un regalo que le sería entregado en nombre de todos los soldados de Colombia, el total del dinero que le hacía falta para completar su viaje le fue dado en sus manos mientras una pequeña lágrima amenazaba con brotar de sus ojos, la alegría, la sonrisa y el agradecimiento sincero de Elkin bastaba para saber que aún en el descanso nuestros hombres dan todo de sí por sus compatriotas.
Aquella sería la última
noche de Elkin en la ciudad de Medellín,
esa parte de su historia había terminado, ahora
comenzaba el capítulo de su vida nuevamente en el campo, Elkin se marchó a su casa inmediatamente prometiendo que al
día siguiente retornaría al pueblo, se fue feliz, en oración y diciendo desde lo más profundo de su corazón: Yo hoy voy a orar por ustedes.
-Esta carta la escribí por
Elkin-, él simplemente quería dar las
gracias.
Los héroes en Colombia sí existen
y están vestidos de honor.
@JulianUrregoA
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