miércoles, 1 de abril de 2015

UNA NOCHE DE TROTE.

Aquella noche el soldado no prestaba servicio, ese día descansaba, sin embargo quería salir, quería trotar y sentir el aire puro en sus pulmones, quería sentir su corazón palpitar y lo más importante deseaba ver la ciudad  en la tranquilidad de una noche iluminada por tan solo algunas estrellas. Solo le acompañaban su celular donde escuchaba música y $40.000 mil pesos en sus bolsillos, tenía hambre pero prefería antes de comer hacer el ejercicio.

Fue entonces que lo vió, estaba en medio de la calle, yacía sentado en el andén rodeado de maleza, a su lado: un semáforo,  mientras los carros  de todas las marcas  lujosas  pasaban rumbo a uno de los sectores más ricos de la ciudad, sin percatarse  si quiera  de esa alma  que sentada en posición de oración  pedía a Dios que le ayudare.

Cualquiera lo hubiera dado por indigente, pero no era así,  se trataba de un campesino  que había sido desplazado por la violencia del país y que ahora se rebuscaba la vida de $12.000 en $12.000 mil pesos  para darle techo a su familia  y algo de comer en el día a día, pero esa noche no lo había logrado porque la inflamación en su pie, tal vez de tanto caminar, le impedía  avanzar las distancias que acostumbraba  para pedir  ayuda.

El reloj marcaba las once de la noche y a esa hora nadie caminaba en las calles salvo aquél soldado que con sudor en su frente quiso detenerse a escuchar la oración de su compatriota, y fuese el mismo soldado quién decidió sentarse a su lado para apoyarle  y ver como éste  humilde personaje se desahogaba contando sus historias y aventuras de cuando era niño, de el por qué había aprendido a fumar, porque  abandonó  la parranda  para encontrar a Dios y porque  día a día se la rebuscaba por su familia.

Le contó al soldado su humilde sueño, un sueño que consistía en reunir dinero para devolverse al campo a trabajar la tierra porque en la ciudad nadie le daba empleo, un sueño que llevaba dos años gestándose  y que ya tenía más de la mitad de los ahorros pero que aún le faltaba para el trasteo, ya que su señora no abandonaría ni dejaría en la ciudad ese chifonier que con tanto sacrificio habían conseguido, esas pesadas tablas que constituían su único bien después del desplazamiento por la violencia, ese único  bien que les daba calidad de vida  y por el cual los gastos para devolverse al pueblo le valían tanto.

Luego de un buen rato el soldado le dio la mano y así mismo los únicos $40.000 mil pesos que le acompañaban, esto a cambio de que esa noche dejara de trabajar y que al estar con su familia descansando le pidiera  a Dios por los soldados de Colombia.

El soldado y Elkin Arnulfo -el campesino- se despidieron con un fuerte apretón de manos, Elkin feliz porque sus  ruegos habían sido escuchados  se dirigió a su hogar  y el soldado con fe en la causa siguió su trote.

A la noche siguiente el soldado de nuevo salió a trotar, pero esta vez con la esperanza de encontrarse a Elkin, tuvo que dar algunas vueltas de más  antes de verlo  caminar a lo lejos, cojeando aún y rumbo a aquél semáforo en el que se habían conocido  y en el cual  esperaba  completar sus doce mil diarios. 

Con un efusivo saludo  esta vez acompañó a Elkin en su caminata  mientras este le seguía contando  sus historias de la niñez y sus sueños de  trabajar la tierra  como siempre lo había hecho. Cuál sería su sorpresa pues esta vez  había  un regalo para él,  un regalo  que le sería entregado en  nombre de  todos  los soldados de Colombia,  el   total del dinero que le hacía falta para completar  su viaje le fue dado en sus manos mientras una pequeña  lágrima  amenazaba con brotar de sus ojos, la alegría, la sonrisa y el agradecimiento sincero de Elkin bastaba para saber que aún en el descanso nuestros hombres dan todo de sí por sus compatriotas.

Aquella sería la última noche de Elkin en la ciudad de Medellín,  esa parte de su historia había terminado,  ahora  comenzaba el capítulo de su vida nuevamente en el campo, Elkin se marchó a su casa inmediatamente prometiendo que al día siguiente retornaría al pueblo, se fue feliz, en oración y diciendo desde lo más profundo de su corazón: Yo hoy voy a orar por ustedes.

-Esta carta la escribí por Elkin-, él  simplemente quería dar las gracias.

Los héroes en Colombia  sí existen  y están vestidos de honor.

@JulianUrregoA

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